Relato · Iv C Baltazar

A mis horas caídas a fuerza de ser gastadas detrás de un volante de automóvil, les escribo estas líneas para exorcizar su fatal desenlace cual bisagra recién aceitada.
Hoy me dio por hacer cuentas, a sabiendas de llegar a la severa conclusión de que he dejado un porcentaje alarmante de mi vida transitando en el gris y tumultuoso asfalto de esta ciudad, siempre aferrado a las emisoras pre grabadas en la memoria de la radio y al tabaco que se ha convertido en mi amigo incondicional.
No es la lluvia que empeora mi situación en este momento lo que me alienta a contar lo evidente y triste de su existencia, mis horas caídas. Se trata del simple hecho de que ésta mañana más que nunca me había quedado con ganas de hacerle el amor a Leonora, antes de salir de casa, minutos preciosos que habría disfrutado desprendiendo de su cuerpo la bata blanca impecable con la que salía del baño. Me habría tomado el tiempo de admirar sus muslos, sus brazos, esas caderas perfectas, toda ella cubierta en su piel morena, regalo invaluable de su abuela… pero esto, sólo es una de las muchas cosas de las que ustedes mis horas me han privado.
Me tuve que conformar con ver los minutos en el reloj digital frío y silencioso del auto. Obligándome a olvidar el cuerpo desnudo de mi mujer y evitar una incomoda erección aún sentado tras el volante. Y prefiero pensar en la avena con leche puesta en la mesa de la cocina como desayuno obligado para contra restar de alguna forma los efectos de la falta de ejercicio. Una vez más a consecuencia de ustedes, mis horas caídas.
Destapo el termo que compré hace un par de meses, lo elegí rojo al igual que la lencería provocativa de mi esposa y que es mi favorita. Bebo el café que aún se mantiene caliente como mis pensamientos. Maldigo una vez más no haberme quedado esos minutos extras en casa y suspiro derrotado.
Las bocinas externas me devuelven a la realidad, una realidad de canciones sosas de los noventa, tan repetitivas, tan similares que ya no se bien cuando una termina una, para dar paso a la otra… así, como ustedes, mis horas caídas. Bebo de nuevo del termo rojo.
Caigo en cuenta de que esta historia regresará al punto de inicio en una brevedad dolorosa. Solo cambiará el sentido de los coches que transitan al otro lado de los muros y que veré como la luz del día se apaga y como se encienden las luminarias tristonas de la avenida. Y yo, haré lo propio con las del sedán.
Llegaré a casa con ustedes a cuestas, mis horas caídas. Esta vez perderán la batalla del hastío, para darle paso a la victoria a ese par de horas ganadas y así abrazar los sueños rotos matutinos. Así que adiós, mientras tanto.
Y hasta mañana mis horas caídas.