Relato · Iv C Baltazar

La vida era tan simple cuando era pequeña, que atesoré aquellos años como mis memorias favoritas de cuando vivía en un pueblito de Guanajuato.
Corría el año de 1935. Cuando se conocieron mis padres, ambos vivían un proceso personal incómodo, pero perfecto para su futuro encuentro. Toparse el uno con el otro, los ayudó a callar bocas y habladurías chismosas tan comunes en los pueblos chicos. Y aunque ambos vivían en relativa cercanía, no habían cruzado caminos hasta ese otoño.
Las malas lenguas dicen que mi mamá pasaba por una etapa de despecho porque el sujeto de sus afectos, hubo decidido de casarse con la muchacha de una familia acomodada. Dejándola a ella con el corazón roto y desganada del amor. Los que la conocían notaron como una nube negra de meláncolía era su eterna compañía.
Para mi padre la historia era otra. Ya con 29 años y sin ninguna novia formal que se le conociera, la familia empezó a preocuparse y a la menor provocación, lo invitaban encarecidamente a buscar una mujer con la cual callar los cuchicheos de propios y ajenos. Lo que en realidad pasaba era que mi padre no tenía ganas de comprometerse. Lo suyo era viajar de pueblo en pueblo promoviendo el nuevo producto de la tequilera local.
Y sin embargo, el día llegó.
Dicen que el flechazo se dio casi instantáneo en el momento en que mi padre vio pasar a la muchacha de cabellera negra larga y rizada al otro lado de la acera. Ella no le hizo mucho caso, pero eso no impidió que él cruzara hasta alcanzarle y así solicitarle el permiso de acompañarla a donde quiera que ella fuera. A ella y a la nube que la acompaña a todos lados.
María, mi madre, al mirar que un muchacho delgado y algo mayor que no era mal parecido, la había abordado, solo se le había ocurrido pensar que la estaba confundiendo con alguien más. La nube sobre su cabeza comenzó a soltar algunas gotas de lluvia, como desilusión precipitada. Hasta que prestó un poco más de atención y notó con cierto entusiasmo que efectivamente se estaba dirigiendo a ella y mirar los zapatos del caballero en cuestión, tan perfectamente lustrados, la hizo fiarse de Alejandro, mi padre.
Pasaron al menos dos meses de que lo dejara acompañarla a los mandados para animarse a hacer la petición formal de ser novios. Y al cabo de ese tiempo la nube también desapareció.
Alejandro fue el primero en hablar del asunto en casa, quienes recibieron con alegría y suma tranquilidad que su hijo por fin haya decidido de hacerse ver acompañando a una señorita de familia.
Así que un sábado, cerca de las siete de la noche, mis futuros abuelos y su parentela, se acicalaron y cargaron con la olla de cacao con leche que recién habían preparado. Además de unas semitas de la panadería más prestigiada del pueblo. Tomaron camino por la calle principal y luego de seis cuadras, tocaron a la puerta del portón. El hermano menor de mi madre fue que recibió a los invitados para hacerlos pasar.
La recepción en casa de los abuelos maternos, solo dejó espacio para las formalidades necesarias y listo. No se cayeron bien de primera vista, la diferencias entre familias se notaron a leguas, pero el objetivo era más importante: casar a sus respectivos hijos. Ultimadamente se verían poco y solo en las ocasiones esenciales.
Los recientes novios, tenían permitido visitas vespertinas diarias bajo la supervisión de la tía solterona de mi madre y tomarse del brazo los domingos camino a la iglesia para la misa de 7. La dinámica no duró mucho pues ambos tenía ya la urgencia de volar del nido, así que al año siguiente, la boda se llevó a cabo en la misma iglesia en la se sentaron juntos cada domingo. Y la recepción se dio en el patio de la casa grande de los parientes paternos.
La comida estuvo a cargo de las abuelas de los novios, las matriarcas de la familia. Prepararon los guisos con orgullo y en cantidades desmedidas: mole con guajolote, arroz rojo, frijoles de la olla y tres señoras que no se daban abasto cociendo tortillas en el enorme comal de barro que se mandó hacer para tan importante ocasión. La casa de los abuelos se convirtió en una romería, casi todo el pueblo se hizo presente al festejo del nuevo matrimonio.
La tequilera para la que trabajaba el novio, fue la encargada de patrocinar la música y por supuesto la bebida. Sin perder la oportunidad de hacer alarde de su tequila que empezaba a ganar popularidad más allá de Guanajuato.
El pastel lo trajeron desde León, donde estaba la pastelería favorita del recién casado. Dicen las malas lenguas que ahí trabajaba una de las enamoradas de mi padre. Nadie supo si eso era cierto, pero se cuenta que el pastel era lo más delicioso que habían probado nunca muchos de los invitados. María, mi madre, no dudó de comerse una tercera rebanada antes de aventar el ramo.
De tal suerte que la hermana menor de mi papá atrapara tan preciado augurio casamental. Lástima que el novio de Soledad haya caido al río al querer volver a casa después de tremenda borrachera y el descalabro monumental lo haya dejado desmemoriado y con una pierna chueca.
La luna de miel, no demérito el esfuerzo de mi padre por que mi madre conociera el mar. Así que con un par de maletas con lo suficiente para 4 días en la playa, se subieron al autobús que los llevaría a Manzanillo. Se quedaron en una posada llamada “La Esperanza” que en las noches dejaba oír el canto de las olas.
Los detalles de la primera noche juntos nunca vieron la luz. Ni por asomo se colaba en las conversaciones que hacían del recuento de lo maravilloso que fue para ellos hacer esas primeras y únicas vacaciones juntos.
El primer hijo no tardó en llegar, 12 meses después de la boda. Y así cada par de años hasta completar la decena de hijos que Dios les había mandado. Las familias grandes siempre fueron bien vistas, así que eran un matrimonio afortunado.
Para cuando yo nací mi madre no mostró mucha emoción al respecto, pues solo fui un hijo más a la cuenta. Nací siendo la sexta, justo después del segundo varón.
Sin embargo, para mi padre fue todo lo contrario, mis delicados rizos lo enamoraron en cuanto me tuvo en brazos. Desde aquel momento y muy a pesar de los venideros hijos, me convertí en su consentida, lo cual no era un secreto para nadie, incluso mi madre vivía con un dejo de celos en su haber por el trato especial que recibía yo del lado paterno.
Con la edad entendí que esas diferencias nunca fueron superadas y la dinámica me llevó a recibir el más básico y desganado afecto de mi madre.
Llegado el momento, las hermanas mayores tuvieron el deber de encargarse de los más pequeños, ayudando así a mi madre a mantener un poco de control en los deberes del hogar, que se traducían en horas en la cocina, lavando y tendiendo ropa, que en su mayoría eran pañales de tela y las camisas de su marido, que siempre tenían que estar al punto y listas para usarse. Mientras mi padre viajaba todos los días de pueblo en pueblo en su labor de promoción y venta del tequila.
Debo decir con sinceridad y mucho cariño, que mis primeros diez años de vida fueron maravillosos.
Recuerdo el corral con las gallinas, a las cuales les había dado un nombre inventado para reconocerlas cada vez que me entrometía en su parloteo matinal para tomar con mis pequeñas manos los huevos que yacían tibios bajo la protección de todas ellas.
También teníamos una pareja de cerdos que crecieron tanto, que era casi imposible hacerlos caminar fuera del chiquero. Y aunque tuvieron muchas crías, nunca nos quedamos con ninguna. Mis padres se ayudaban un poco en la economía vendiendo los lechones.
Cerca de casa había un río (el mismo en el que cayó el desafortunado) y los sábados nos dejaban pasar el rato en él. Me gustaba sentarme en la orilla a mirar como los peces nadaban deprisa, asustados de nuestra presencia. Podía pasar toda la mañana solo con mis pies sumergidos en sus aguas cristalinas y frías.
Los domingos después de misa y si aguantábamos el sermón despiertos sin cabecear, mis padres nos premiaban a los despabilados con un cucurucho de garbanzos frescos asados. Los cuales degustábamos sentados frente al kiosco mirando como en sintonía caminaban las muchachas solteras alrededor de él, en espera de que en el sentido contrario alguno de los muchachos se atreviera a hablarles.
Imaginaba que dentro de algunos años, haría el mismo procedimiento para conocer a mi futuro marido. La cosa sucedió muy diferente.
Como un giro inesperado a mi cotidianidad, mis padres y todos mis hermanos nos mudarnos a la Ciudad de México cuando yo estaba por cumplir 11 años.
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No sé si para todos o solo lo fue para mi, pero llegar a la Ciudad, me partió en dos. Todo era infinitamente diferente, la manera de hablar, de caminar en las calles, el bullicio, la cantidad enorme de coches que circulaban, las avenidas, las casas, los olores, los sabores, las conversaciones.
Mi primer reto fue el de irme a vivir con la hermana mayor de mi mamá que llevaba unos cuatro años ya en la Ciudad. El motivo fue que la escuela donde estaban sus hijos, era la única que me aceptaba a medio ciclo escolar. Así que pasé esos primeros 6 meses viviendo con una familia que no era la mía, si bien, no me trataban mal, extrañaba a mis propios hermanos. Lo que no extrañaba, era la indiferencia de mi madre que seguía sintiendo por mi.
Debo decir que no fui abandona del todo con la tía, puesto que cada fin de semana, mi hermano mayor iba por mi para llevarme en trolebus a la casa donde estaba el resto de la familia.
Nunca me importó compartir pero estar ahí en esa pequeña casa donde todo era más apretado, me hizo sentir por primera vez deprimida, encerrada, un tanto asfixiada y sin ningún tipo de libertad. Y además extrañaba mucho a las gallinas del corral. Sin lugar a dudas me hubiera gustado quedarme en el pueblo.
Terminé el año escolar en aquella escuela con mis primos y por fin volví a casa.
Llegaron entonces las primeras vacaciones de verano y recuerdo a mis hermanas más grandes, que ya se habían hecho de un trabajo en una fábrica, organizándose para llevarnos a nosotros, sus hermanos menores, a comprarnos zapatos al centro de la ciudad. Paseo que me dejó claro que el mundo era mucho más grande e impresionante de lo que nunca me había imaginado.
*****
Terminé la escuela preparatoria a duras penas, no es que estudiar no me gustara, de hecho era bastante buena, es solo que si bien no existía la palabra en mi adolescencia, fui víctima de bullying . Y para mi propio infortunio, el acoso de mis compañeros por mi manera de hablar, por mi estatura y por ser sumamente ignorante al argot de los temas pubertos, me rebasó, me asusté y me rendí a enfrentarme a las situaciones que me ponían incómoda.
Mis hermanas, me ayudaron a entrar a trabajar en la misma fábrica en la que ellas trabajaban. Y a partir de ese momento, mi mundo cambio.
Cumplía los 16 años y experimenté un poco más de libertad, lo cual me hizo más independiente y segura de mi misma, pues ya no había compañeros de clase haciéndome burla y además el tener a mis hermanas como compañeras de labor hacía todo más fácil.
En ese mismo año tuve mi primer novio, era el hijo de una de las señoras con las que trabajaba, lo conocí en la fiesta de XV años de su hermana, él había sido su chambelán. Ciertamente no sé como terminamos de novios, pero so pretexto de acompañar a su madre de regreso a casa, cada tarde estaba ahí, esperándonos afuera de la fábrica. Nuestra relación solo se limitó a platicar unos 15 minutos en lo que pasaba el trolebus que los llevara a ellos a casa.
No teníamos mucha oportunidad de hacer al romance, por lo que aquella relación que no duró más de 6 meses me devolvió la confianza en mi misma. Me regresó una sonrisa sincera en el rostro, porque él no perdía oportunidad de decirme cuánto le gustaban mis chinos y lo bonita que era por chaparrita.
El hecho de que 6 de los 10 hijos que fuimos ya estuviéramos ganando dinero, nos dio la oportunidad de mudarnos a una casa más grande. Si bien las hijas mayores ya estaban de novias formales, aprovecharíamos el tiempo de ellas aún solteras para costear el alquiler mensual. Hasta poder mudarnos a la casa que los papas de mi mamá nos dejarían.
Llegamos a la calle 11 un 19 de abril. Era un día de primavera y todos habíamos pedido permiso de faltar al trabajo. Los más chicos se exentaron de ir a clase. Mientras nosotros ordenábamos lo poco que teníamos, mi madre se dedicó a la cocina, preparó sus mejores recetas que eran los guisos que adoraba mi padre. Para las 4 de la tarde, habíamos terminado de instalarnos y nos sentamos a comer. Ese día lo recuerdo como uno de los mejores en familia. Unidos como pocas veces lo estuvimos.
Esa misma noche los mayores decidimos de llevar a los 4 hermanos adolescentes a la feria de la colonia. Y mientras decidíamos en cuál de los juegos mecánicos gastaríamos unas monedas. Josué apareció en mi vida.
No es que me cayó bien de primera vista, pero la realidad es que me pareció muy guapo, el bigote que había decidido de usar aquella temporada le sentaba muy bien. Esa tarde no hablamos, pero el hecho de haber cruzado miradas desató una revoltura de mariposas en mi estómago que me tomó por sorpresa.
Regresamos todos a casa después de un par de vueltas en la noria y de un elote con mayonesa y queso.
Pasaron un par de semanas y me volví a encontrar con Josué, me alegré de ello, pero me puse un poco triste de verlo salir de la casa de Lidia, una vecina de la misma calle. Mi cabecita dramática se fue a los extremos una vez más y estaba segura de que ella era su novia. Pero para mi buena fortuna, esa misma tarde al toparme con ella que caminaba con prisa, me contó que su hermano había ido a buscarla porque al parecer su papá quería verla en la casa de su esposa al volver del trabajo.
Me confundió un poco el orden de los personajes, pero lo mejor para mi atolondrado y a veces inseguro corazón, fue el saber que Josué era su hermano, y eso me tranquilizó.
A partir de esa tarde fue más común toparme con él en la calle 11, la mayoría de las veces justo en la casa de Lidia, que resultó ser su media hermana mayor. Lidia vivía con su mamá y dos hermanas más. La mamá de ellas se había casado con el papá de Josué, pero eso no evitó que existiera esa otra familia y hasta se podría decir una relación estable, a tal punto como para que todos los hermanos convivieran.
Por otro lado, la mamá de Josué no había tenido ninguna opción más que aceptar al adúltero en cuestión y haber tenido que procrear más a fuerza que de ganas a cinco hijos, Josué como el tercero en la linea generacional.
Pero esa… es otra historia.
No pasó mucho tiempo para que nos hiciéramos novios, pues Lidia y yo nos hicimos buenas amigas y prácticamente estábamos de un lado para otro juntas en nuestros tiempos libres. Así que una cosa llevó a la otra y a los 23 años, un dieciséis de diciembre Josué y yo nos casamos por la iglesia.
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El proceso de nuestro matrimonio fue de mucho aprendizaje, al principio no teníamos dinero suficiente y tampoco un lugar propio donde vivir. Por lo tanto y de manera temporal, vivimos con su hermana mayor, que tenía un departamento y que por aquel entonces era soltera. La idea de que nos fuéramos con ella fue de mi suegro, que no quería que su hija, a la que la genética le había favorecido y era bastante guapa, viviera completamente independiente y sin ninguna supervisión para hacer de las suyas.
Agradecí infinitamente el día que nos salimos de esa casa para irnos a vivir al departamentito de interés social del que me había hecho gracias a mi trabajo en la fábrica. Nos mudamos con nuestra primera hija y con cuatro meses de embrazo de la segunda.
No recuerdo de haberle dado un nombre a ese segundo bebé que perdí al par de meses de habernos mudado. Fue tan inesperado, dramático y hasta práctico que no tuve tiempo de asimilarlo, solo pasó: un aborto espontáneo consecuencia de una fuerte infección en los riñones. Confieso, que sentí un poco de alivio, por alguna razón esa niña no me había generado apego, a diferencia de la primera hija, quien por cierto, desde que me embaracé no paró de llorar y de estar chipil. Cosa que paro justo el día que esa bebé dejó de existir.
Algunos meses después me volví a embrazar y las cosas en mi matrimonio con Josué se ponían cada vez más complicadas. A veces parecía que se le olvidaba que estaba casado y que tenía una familia. Pensé que con la llegada de esta bebé a la que me aferré desde el momento uno de que supe de su existencia, él ahora si, sentaría cabeza, pero no pasó.
Mi felices por siempre no se vio ni por asomo durante casi todos mis años de matrimonio, tuvimos muchas malas y pocas buenas rachas. El problema siempre fue el alcohol, al que Josué le había tomado bastante cariño. Adicional de que soy una mujer complicada, insegura de mi misma, no sé cómo decir y pedir las cosas. Tan sutil como una piedra pómez. La combinación fue desastrosa en casi todos los sentidos.
Pero como había dejado de trabajar hacía muchos años y siempre tuve la fuerte convicción de que mis hijas no se iban a quedar sin casa, aguanté y seguí aguantando hasta que nos dimos por vencidos y terminamos durmiendo en recámaras separadas, siendo más compañeros que marido y mujer. Pero eso pasó muchos años después de casados.
Mis hijas eran aún pequeñas cuando mi padre murió, me dolió mucho su partida, pues de él tenía todo el cariño que la vida podía darme. Él llevaba muchos años enfermo de diabetes, consecuencia de la depresión de haber dejado su pueblo y su trabajo en la tequilera. Él partió una tarde de sábado rumbo al hospital por un fuerte dolor en la pierna que tenía lastimada, desafortunadamente los médicos no pudieron hacer nada más. A decir verdad nos topó un poco de sorpresa que haya partido con tanta premura y sin oportunidad de despedirnos de él.
Lo extrañé por muchos años. Pero su partida permitió que por fin mi madre se acercara a mi de manera digamos más amorosa. Las hijas nos volcamos en hacernos cargo de las necesidades de mi madre, cada una aportando un grano de arena, pues todas ya estábamos con nuestras propias familias. Los hijos varones migraron a diferentes partes de la República, así que, se podía decir que no contábamos mucho con ellos. Pero lo importante es que nos las arreglamos para que mi mamá se sintiera siempre acompañada.
Mi madre en plenitud convivió con 37 nietos que le habíamos dado sus 10 hijos. Alcanzó a conocer a algunos bisnietos y se quedó con las ganas de ver al resto de sus nietas solteras casadas. Con el paso de los años y como es natural, su salud se vio deteriorada, cada vez salía menos de casa y eso la deprimió.
En sus años más delicados, pasó unas tres temporadas internada debido a cosas del corazón, pero siempre se recuperaba y volvía a su casa animada. Lo que no esperábamos ese diciembre es que sería la última cena navideña con ella. El domingo de día de reyes, ella partió por complicaciones del corazón. Y ese fue uno de los días más tristes y silenciosos de mi vida. Un evento desafortunado que había reunido a toda la familia, incluyendo hermanos, sobrinos, nietos, vecinos y su mejor amiga: la mamá de Josué.
Había olvidado como fue con mi padre, pero con mamá fue aún más doloroso.
Mi mamá y mi suegra desde hacía años, ya en sus etapas de viudas, habían hecho tan buenas migas que juntas se escapaban de excursiones y viajes en autobús. Ellas dos, vivían aquellos años, plenas y realizadas, aprovechando lo que sus juventudes no les había permitido.
Lo que no vimos venir ni por asomo, fue que 3 meses después, Dolores, también nos dejaba.
Ese 2013 fue un año difícil en muchos sentidos, fue un año de corazones tristes.
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La vida siguió su curso y mi matrimonio también, por supuesto que sí hubo momentos bonitos y aunque pocos, muy valiosos en esta historia. Solo que éstos tuvieron que esperar a que las hijas se convirtieran en adultas.
Hay muchas cosas que jamás pensé que haría en la vida. Una de ellas, volar en avión y la otra todavía más inimaginable: salir del país.
Mi hija la más grande celebró el día en el que por fin acepté tramitar el pasaporte, al cual me había resistido tanto, creyendo que era un gasto innecesario, considerando que nunca tuve la idea de salir de México. La realidad es que accedí más para que me dejara de insistir que por la propia necesidad de tener semejante documento. Pero una vez que éste estuvo en mis manos, mi hija no paró hasta llevarme a visitar a mi sobrina que en aquella temporada vivía cerca de Toronto, en Canadá.
Ella lo tomó como un triunfo personal y decidió de hacerme a mi y a mi hermana unos videos para documentar aquel primer viaje a Canadá. Ese par de semanas al norte del continente, lo registró con videos y fotos de nuestros paseos con mi sobrina y su familia. Me sorprendí a mi misma interactuando sin tenerle miedo a la cámara de su celular.
Conocer otro país, visitar lugares que nunca imaginé abrieron la puerta para que quiera seguir viajando. Si bien estamos en etapa de planes, nuestro siguiente destino es Roma, pues creo que debe ser muy impresionante conocer la Basílica de San Pedro en el Vaticano.
De niña siempre quise ser un águila y tener alas para volar… hoy esas alas son de metal y las impulsan motores gigantescos. No soy un águila, pero soy una mujer plena que acepta la belleza de los detalles, que es más empática a las situaciones y que sabe recocer que si bien no todo es perfecto, lo perfecto es que nada lo tiene que ser.
