Relato · Iv C Baltazar

Invasora.
Martes por la noche, cerca de media noche, entro a la casa, no hay nadie ni siquiera el perro (que en teoría debe conocerme), todo esta oscuro y silencioso. No recuerdo a que vine, pero en mis manos traigo un sobre blanco tamaño carta… si claro, a eso vengo. Voy a dejar este sobre.
No debería de estar aquí, es muy peligroso. No tengo derecho soy una olvidada. Pero sé que debo dejar esto (miro de nuevo mi sobre blanco) en un lugar seguro, en dónde solo él pueda encontrarlo.
Subo las escaleras y pienso en qué diferente se ve la casa, no es como la recordaba.
Ya estoy en la recámara, ¿por qué todo luce tan desordenado? Me siento en una de las orillas, ¿Será la misma cama dónde él y yo…? No lo sé. Registro con la mirada toda la habitación, con el fin de encontrar “ese lugar”, pero no sé… sigo dudando y mis manos están heladas y sudando. En qué momento llegue hasta aquí.
Mi corazón se detiene por unos segundos, escucho el sonido de un auto cercano ¿Estarán llegando a casa?, tengo miedo, tengo que salir ya… ¿Cómo fue que hice para entrar?, me resulta imposible tener una idea lógica sobre como poder salir de aquí y pienso lo fácil que era todo antes.
Estoy a punto del colapso, están entrando a la casa y yo en lugar buscar por donde escapar sigo sentada en la orilla de la cama, abriendo la caja azul que estaba en un costado… quiero abrirla, pero no puedo. Pienso que ese lugar es perfecto para dejar la carta y quiero llorar.
Demasiado tarde…
Muero de frío, pero más de coraje. Ya estoy afuera de su casa, en la calle. Pero no me puedo ir y mi sobre blanco esta muy arrugado casi pegado a mis ropas. Yo estoy sola, a dos metros de distancia de él, quien habla con los polis, me acusa por invasión… pero ¿cómo es posible?, pensé que al menos sentiría respeto por mi, pero no es así.
Ahora estoy triste y a decir verdad aliviada, los polis no me llevan. También estoy sorprendida, no me puedo creer que me haya tratado como a una completa extraña.
Camino… estoy caminando para regresar a mi casa, no lo puedo creer, debí venir en coche, todo esta muy solo en la calle. Me siento como una demente e invasora. No estoy feliz… estoy cansada solo quiero dormir.
Despertar.
La alarma de mi teléfono me indica que todo afortunadamente fue un sueño… y en mis manos un trozo de hoja arrugada es sostenida con fuerza. Con la vista nublada a fuerza de querer leer lo que hay en ella, tomo mis gafas del buró y compruebo una vez más que es la carta de él, la primera donde me pedía que fuera su novia. Una carta que recibí hace más de cinco años y que se convirtió en mi más preciado recuerdo de una relación que habría sido maravillosa y tal vez haber llegado al “sí, acepto” si ella no hubiera aparecido.
Salgo de la cama limpiándome las lágrimas secas como cada mañana. Estoy segura de que esta vez lloré mientras dormía.
Nunca se me había pasado por la cabeza cuánto puede llorar una persona, pueden ser horas, días, semanas y éstas nunca se acaban… que ingeniería más chingona la de nuestro cuerpo. Pero ese no es el punto, la cosa es que llevo más de dos semanas llorando como una loca, pero no solo es de tristeza, en esas lágrimas hay despecho, traición, enojo, rabia, desamor, más rabia y al final un corazón roto.
La Realidad.
Si bien, en mi haber no hay una larga lista de relaciones de pareja, la mayoría de mis novios los tuve en la adolescencia. En lo que definitivamente no tuve reparo fue en enamorarme a diestra y siniestra de artistas, músicos, cantantes y hasta deportistas.
Me jacto de tener una imaginación fructífera, así que le daba rienda suelta a mi corazón, idealizando lo que sería ser novia de esos personajes públicos. Mi vida amorosa no daba para más, así que me conformaba con vivir en mi imaginación romances idílicos con tremendos personajes.
Por eso, el día que recibí esa carta fue uno de los más reales de mi vida.
Lo conocí en la facultad, si bien no teníamos clases juntos, nos habíamos topado casi todos los días en los pasillos. Nos mirábamos sin atrevernos a saludar, a veces, solo nos ganaba una leve sonrisa como reconocimiento de nuestra presencia y eso era todo.
De tal suerte que en la kermesse del día del amor y la amistad, coincidimos en la fila de los esquites y fue el mejor pretexto para por fin romper el hielo después de pedir chile del que no pica.
El acercamiento fue un tanto lento, a prueba de pacientes, porque debo decir que él me gustaba muchísimo (era súper guapo, una combinación perfecta de mis enamorados imaginarios) así que yo quería verlo por esos pasillos siempre y ahora sí, saludarlo de beso y hasta cruzar algunas palabras.
Debieron pasar al menos unos dos meses hasta que me invitó a salir, fuimos al cine que estaba cerca de la universidad y compartimos unas palomitas. Esa misma tarde me pidió que fuera su novia y me había dado esa hermosa carta.
Resultó que además de guapo, también se le daba lo de escribir. Esa hoja que me había entregado en un sobre cerrado, dejaba ver un poco de cómo él se había enamorado de mí sin aún conocernos del todo. Después de leerla me enamoré sin reparo de su persona.
Los primeros meses de nuestra relación fueron como llamas ardiendo en un incendio forestal. Besos, besos, arrumacos, toqueteos y más besos. Cuando decidimos de hacer el amor por primera vez, fue más por la urgencia de hacerlo, dejamos a un lado la idea romántica de las novelas de amor de estar en un lugar especial, vamos, planificarlo como si fuera un capítulo de una novela rosa. Pero no dejó de ser especial, por el siempre hecho de hacerlo con él y que fuera mi primera vez.
Con el paso de los meses la técnica fue mejorando y nuestra relación se fue haciendo más formal, el amor de pareja crecía saludable, compilábamos muchos momentos juntos. Comenzaron a ver la luz planes que teníamos para el futuro. También hicimos algunos viajes y celebramos aniversarios.
Fueron los tres años más reales y hermosos para mi corazón enamoradizo.
Causa y Efecto.
Los días de la facultad que nos permitían estar siempre juntos, para andar haciéndole al noviazgo con singular alegría, se habían acabado y la vida real nos cayó de golpe.
Yo fui la primera en encontrar un trabajo como asistente en un despacho de diseño. Él logró colocarse en una agencia, cuatros meses después de graduarnos. Así fue como la vida comenzó a hacer de las suyas.
Nos topamos una sola vez y no había lugar a dudas, de solo verla cómo lo miraba, cómo reaccionaba cuando él hablaba. Cuando se daba cuenta de que yo me daba cuenta, regresaba la mirada a su marido. No quise hacer mucho caso a ese incómodo episodio aquella tarde, me convencía de que no era nada, pero no dejaron de ser señales suficientes para vislumbrar que de alguna u otra forma ellos dos terminarían involucrados.
Pero eso lo supe después de que él tuviera ese accidente en el coche. No recuerda mucho de cómo pasó, pero contó que saliendo de la reunión que había tenido con los gerentes de la empresa donde trabajaba, se había subido a su coche para venir a casa, cuando de repente tuvo un leve mareo y no supo más hasta que despertó tres días después en terapia intensiva.
Evidentemente yo junto a su mamá me pasé esas horas en el hospital, rezándole a todos los santos que conocía y al universo de que lo dejaran despertar, que lo dejaran volver a nosotros. Me prometí a mí misma que haría todo lo que estuviera en mis manos para que él fuera inmensamente feliz, pero que lo dejaran vivir.
Cuando por fin abrió los ojos esa tarde, sus papás, sus hermanos y yo respiramos por fin tranquilos. Fue como que nos quitaron un peso de encima.
Pude verlo hasta la mañana siguiente y se me heló la sangre de darme cuenta que esa mirada suya, tan suya, ya no estaba. Solo pude ver unos ojos vacíos y sin ningún rastro de cariño. Algo cambió en él en aquel accidente, se dejaron ver las claras señales de qué estar juntos ya no era su prioridad.
Lo primero que vino a mi mente fue pensar que era por el efecto de las medicinas que le estaban dando y de haber pasado tantas horas en un letargo indescifrable.
En cuanto estuvo dado de alta y volvió a su casa, me pasaba por las tardes después del trabajo a verlo, platicábamos un poco y una de esas veces nos atrevimos a hacer el amor mientras el resto de su familia estaba abajo en la sala mirando la TV.
Todo parecía que volvía a la normalidad, la sonrisa, los chistes, los te quiero, todo menos esa mirada que me había enamorado, esa no la volví a ver nunca más y tampoco se volvió a tocar el tema de mudarnos juntos al año siguiente.
Le di su espacio y respeté con paciencia el hecho de que el trauma de un accidente no debe de ser fácil. Por esa razón no insistí en regresar a los planes hasta que él estuviera listo.
Las cosas volvieron a su relativa normalidad después de dos meses de que salió del hospital, regresó a su trabajo y se volcó en él. No teníamos espacio para ser novios, solo nos alcanzaba para pasar unas horas juntos los sábados y si acaso me dejaba acompañarlo los domingos a sus partidos de soccer. Donde casualmente también estaba el hijo mayor de ella, en la liga de los chicos de 9 años.
Mi intuición me decía que aquello no era casualidad, que el hijo solo era el pretexto para poder verse esos domingos por la mañana. No quise hacer muchas pelotas en mi cabeza, con mi teoría descabellada, así que la guardé para mí. Muy a pesar de que él me había dicho que era mejor que no lo acompañara los domingos.
Las mil formas en las que se rompió mi corazón cuando él me pidió eso, es indescriptible. Esa petición había sido más que un “ya no te quiero”. Como era de esperarse comencé a deprimirme, lo malo fue que, en lugar de dejar de comer, hice todo lo contrario y empecé a ganar peso rápidamente. Cuyo efecto se vio reflejado en mi propia auto estima. Él y yo dejamos de hacer el amor, primero porque ya no teníamos momentos para ello y segundo porque no quería que me viera desnuda con esos kilos extras que me había ganado en tan poco tiempo.
Cuando por fin él tuvo el valor de hablar claramente conmigo y decirme que se había enamorado de ella. En mi corazón ya no había espacio para más pedazos rotos, lloré en silencio, lo miré por última vez a los ojos solo para comprobar como cada vez, que esa mirada nunca más volvió a aparecer.
No me lo dijo con datos precisos, pero al parecer tenían cerca de 6 meses siendo amantes. Si, justo, la misma temporada en la que tuvo el accidente. Lo cual explica por qué él dejo de ser.
En un normal y auténtico ataque de ira, rompí todo lo que nos representaba juntos: las fotos, los discos, los recuerdos, las memorias. Y me llevé por la borda y sin retorno cualquier indicio de amor propio. Solo dejando por gracia divina, ilesa aquella primera carta que me había dado el día que nos hicimos novios.
Estar enamorados.
Cuando todo era miel sobre hojuelas y visualizábamos una vida juntos, me di la oportunidad de dar rienda suelta a mi deseo por vestirme de novia y así vivir el día en que yo sería una hermosa princesa.
Me hice de muchas revistas de moda, para así encontrar entre sus páginas el más perfecto vestido de novia para mí. Lo idealizaba en color perla, con encajes elegantes, escote sexy pero delicado en la espalda y cola larga como un sueño. Peinada con el cabello recogido y adornado con una corona, mi corona de princesa.
Nuestro primer baile de recién casados correría a cargo de Céline Dion interpretando The Power Of Love. Y lo haríamos en una fiesta discreta donde nuestras familias y amigos celebrarían emocionados nuestro juntos por siempre.
Un día nos topamos con un departamento divino cerca de nuestros empleos. Nos atrevimos a pedir que nos dejaran mirarlo por dentro. Lloramos un poco cuando estuvimos ahí, porque era el lugar perfecto para vivir juntos. Esa misma tarde de regreso a casa de nuestros padres, pasamos el resto de las horas planeando como haríamos la decoración de lo que prometía ser nuestro nido de amor.
No había urgencia por tener hijos, pero vaya que sí los queríamos, el ideal sería tener dos, una niña que se llamaría Romina y un niño que se llamaría Matheo. Sin lugar a dudas visualizábamos un futuro hermoso juntos. Nos amábamos sinceramente. Y parecía que así sería por siempre.
Abrir los ojos.
La vida como es su costumbre siguió su curso sin dar marcha atrás. Y más por inercia que por voluntad propia seguí respirando y siendo parte del mundo en el que él ya no formaba parte del mío.
En mis momentos de mayor vulnerabilidad me preguntaba si todo aquello que construíamos juntos había sido una broma cruel de mi mente imaginativa. Y la respuesta a mis dudas llegaba cada vez que alguien de mi familia me preguntaba por él y no entendían como pudimos haber terminado si nos queríamos tanto y lo bien que nos veíamos juntos.
Esas cuchilladas ya no cabían en mi corazón y eran clavadas en mi alma entera. Me sentía incapaz de dar explicación alguna a tal catástrofe amorosa y lo único capaz de responder era no contestando y alejándome de todos. Me aislé a tal grado que tuve que cambiarme de trabajo para no pasar frente aquel departamento que alguna vez creímos sería para los dos.
Me dejé llevar por aquella depresión, sin darme oportunidad de sanar y de creer que volvería a amar. Cuando pensé que había sido suficiente de vivir en esa oscuridad, la vida me puso una vez más a prueba.
Hace dos semanas exactamente me crucé con él. Ella a su lado y llevaban de la mano una niña pequeña con la misma mirada de su papá (esa mirada de la que me había enamorado) y el chiquillo de los domingos del soccer que debe de tener ahora unos 13 años.
Nos vimos pasar solo para cruzar las miradas rápidamente. Sentí que mi corazón dejó de latir por un momento, para desprenderse de mi pecho y llegar en caída libre hasta mis entrañas.
Apresuré el paso solo para no volver el estómago frente aquellos testigos ignorantes de que mi frágil estado de ánimo volvía a derrumbarse.
Ese día, el sueño me venció antes de que la botella de vodka viera su fin y así ha sido hasta ésta noche. Despierto de un sueño en el que vuelvo a su casa y quiero dejarle una carta que le recuerde que alguna vez ese futuro lo vimos, pero estando juntos.
Me restriego los ojos y me lastiman esos restos de lágrimas secas, pasaron dos semanas de aquel encuentro que terminó por destrozarme. Pero también enterró cualquier esperanza de que tal vez él quisiera volver conmigo por gracia divina.
Me miro al espejo, tengo que hacerlo. No alcanzo a reconocerme, las ojeras son grandes y no alcanzará ese corrector de marca prestigiada a cubrirlas esta vez. Me digo en voz alta que ha sido suficiente, es momento de despertar de esa pesadilla en la que me encerré por estos dos años.
Vuelvo a mirarme al espejo, derramo las últimas lágrimas destinadas a esta historia de amor que pudo ser infinita. Y me abrazo, me pido perdón. Recuerdo aquella promesa de hacerlo feliz y confirmo que la cumplí.
Hoy es el día en el que YO vuelvo a respirar por voluntad propia y vuelvo a creer en mi.